llamaba al frío,
mis manos congeladas
agrietadas, rompiéndose en pedazos.
Sin parar fui ligero
a un café cualquiera,
me senté en la primera mesa
de la más incómoda silla.
Sonaba la canción más triste
aunque todos reían,
allí me sentía solo
aunque todos besaban.
Hice la llamada más breve,
apenas descolgaste y se había cortado,
sentí vergüenza y miedo,
me acurruqué sollozando detrás del teléfono.
El loco carioco
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